Charcos


Una vez me encontré con un búho.
Se me quedó mirando.
Con sus plumas plateadas
posado en la valla de un puente.

Yo también lo miré.
Desafiante.
No me apartaba la vista.
A pesar de que la luz era muy tenue.
A pesar de que la única farola encendida,
parpadeaba.

Al acercarme al búho, empezó a llover.
No sé por qué lo hice,
o por qué me sentía
tan absorto mirándole a los ojos.
No sé por qué.

Incluso la lluvia
arreciaba más fuerte
según me iba acercando.
Me quedé mirándolo de cerca
y cuando por fin me decidí a tocarlo.
Un estruendo sonó.

El búho me atacó,
por la sorpresa del ruido,
o porque quería hacerme daño,
nunca lo supe.
Me dejó una herida
que me la guardo
para presumir con mis amigos.

Aquel búho.

Me refugié de la lluvia
en un pequeño pasaje,
bajo el puente.
Me hubiese gustado tocarlo.

Y en ese lugar,
podía pensar en él,
sin mojarme,
sin que me pudiese atacar,
porque ya no está.
Pasé tantas horas allí debajo,
que empecé a dudar
si aquel sonido había sido un trueno,
o el sonido de mi corazón.

Pasé demasiadas horas.
Desde entonces no lo he vuelto a ver.

Pero cuando llueve… Cuando llueve allí sigue el búho posado.
En la valla de aquel puente.

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