Colores de madera


La luz de la luna vivía para Magda.
Era la pintora más conocida del país.
Sus cuadros parecían reales
y si te quedabas mirándolos un rato,
te transportabas a lugares increíbles.

Pero nunca me gustó ninguno.
Era además una chica muy guapa,
y muy divertida.
Tenía mucha gente con la que quedar,
y muchos amigos,
por lo que normalmente estaba ocupada y no tenía tiempo para mí.

Magda empezó a pintar como hobby,
venía de una familia rica,
así que se podía permitir fracasar al principio,
incluso plantearse el buscar otra cosa.
Resultó que tenía talento y siguió con la pintura.

Ella me dejó.
Y no solo eso sino que me acabó odiando.
Nunca la animé con la pintura,
ni siquiera me gustaban sus cuadros.
Tampoco la admiraba a ella o a su arte.
Me pasaba el día en el bar
y la visitaba cuando sabía
que había terminado de pintar
para follármela encima de la paleta de colores.

Dormía en su casa muchos días
y me enseñaba sus obras.
No la odiaba, pero no la quería.

Yo no hacía arte para que lo viesen mil personas.
Lo hacía para mí.
Quizá por eso lo nuestro no funcionó.

Eso me sigo diciendo.

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