La máquina de hielo


Bajé las escaleras,
y con la última moneda en mi cartera
conseguí sacar de la máquina
lo que parecía ser un sándwich de pavo.

Volví a mi habitación,
tan fría como hace unas horas,
pero esta vez era real.
Sin niños corriendo por los pasillos,
simplemente unas sábanas blancas
y un mándo de televisión.

A la mañana siguiente
dejé las llaves puestas
y mientras el tiempo pasaba
a cámara lenta,
yo conseguí salir de aquel sitio.

Al poner un pie en la calle
una pareja de unos cincuenta años
entró tras de mi.

Solo giré la cabeza,
cerré los ojos
y continué mi camino.

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