Las nueve y media


Ya no había rosas en la calle vacía.
Ya no había jardines,
y en los parques
habían cambiado el césped por corcho.

Ya nadie vendía bombones.
Y había tan pocos peluches
que casi nadie tenía uno.
No quedaban corazones,
ni en las postales ni en los pechos.

Ya nadie escribía poesía,
o pintaba cuadros.
Ya nadie iba al teatro.
Nadie tenía un perro.
Casi no había conciertos,
o eran de heavy metal.

Solo quedaban bares.
Quedaba el vodka,
quedaba el whisky
y quedaba la ginebra.
Quedaban chupitos de tequila,
pero no había cuellos ni limones.
Quedaba una luz tenue,
una camarera con un escotazo
y trece sillas en la barra.
Solo eso quedaba.

Y creo que gracias a eso
la gente era feliz.
Parecía que lo tenían todo
bajo control,
que no lo necesitaban.

Y daba la impresión
de que solo era yo
el que lo echaba de menos.

Quizá fuera cierto.

Quizá por eso
era el único
que aún seguía yendo a beber allí.

Back to blog