Mi pequeño oasis


Acababa de llegar a casa,
después de estar todo el día fuera.
Era de noche y estaba congelado,
abrí la puerta,
y como siempre,
me habían cortado la luz.
La parte positiva sería
que no había nada en la nevera.
Ni me asombré.

No me quité ni el abrigo
y volví a mirar a la calle desde el balcón.
Saqué todas las mantas que encontré.
Y los restos de una botella de vino
que quedaba sobre la mesa.

Me quedé contemplando la lluvia un rato.
No me pareció tan mal sustituto para la televisión.
Tenía aproximadamente la mitad de batería
en el teléfono.
Pero decidí apagarlo,
no me iba a llamar nadie.
Pasado un rato me incorporé,
solté el grito más alto que mi garganta me permitió,
arrojé la botella vacía lo más lejos que pude
y volví a entrar en casa.

Pero allí fuera…
Allí fuera nunca dejó de llover.

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