No me des las gracias


Estaba en el asiento de copiloto,
cuando mi amigo, que conducía,
señaló con el dedo una anciana
arrancando flores de la Gran Vía
y le gritó.

Yo tenía mi propio pensamiento,
como en este tipo de cosas.
La rosa, por rosa, al ser arrancada
correrá el mismo destino que la señora.
Y la señora, por anciana,
le dará una aspirina para alargar la vida
que acababa de truncar.

¡Qué maleducada la rosa!
Que lejos de dar las gracias,
se queda ahí, tumbada en su cama de cristal.

La anciana igualmente,
aunque nadie se lo haya agradecido,
le dirá de nada a la flor.

Y al día siguiente volverá al mismo lugar, o a otro.
Y volverá a arrancar la flor más bonita que se encuentre.

Y seguirá diciéndoles a todas.
De nada.

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