Resaca


Había comprado una maceta,
y lo había plantado.
Y yo me pasaba como un idiota
las tardes viéndolo crecer.

Como un perro cuando espera en la puerta
a su amo todo el día a que vuelva a casa.
Hay veces que me cansaba de esperar
y salía a buscar en los bares
un poco de ese cariño que te da el alcohol.

Abrazando muy fuerte aquellos vasos de ginebra,
mientras la música demasiado alta
te pone la mano en los ojos
y te da un besito en la frente.

Pero el resto del tiempo
lo pasaba simplemente ahí tirado,
viéndolo crecer.

A veces salía una pequeña hojita verde,
que se secaba y caía dos días después,
pero no parecía crecer en absoluto.

He cancelado planes, he perdido aviones,
he llegado tarde a los sitios
y de algunos me he ido muy pronto,
por todo el tiempo que me pasaba allí mirando.

A veces escribía, a veces fumaba,
y ya no estaba tan borracho como antes,
pero con más frecuencia que un “a veces”,
bebía.

Y a pesar de todo esto
no puedo dejar de mirar,
porque cuando de una vez crezca
el corazón que planté,
podré por fin tener uno

y entonces,

no sé qué coño miraré.

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