Cien millones de náufragos


Este fin de semana me encontré con la chica del vestido de lunares. Por fin la vi después de tanto tiempo. Pero a pesar de todo no le dije nada. Simplemente supe que estaba ahí y eso me valió. La situación me recordó a la gente que pinta con un bolígrafo las servilletas de los bares. Cuando vuelven a la realidad deciden romper y tirar el papelito.

Entre todas las cosas, no es lo peor una botella de ginebra para no compartirla. Lo que mata son las pequeñas cantidades. Ir todos los días un poquitín borracho sería simplemente una locura. Escuchar cada día cinco segundos de una canción que no termina. Escribir este texto a razón de letra por día. Como un pájaro que no puede entrar a su jaula. Como éste escritor sin su pintora. Como ésta botella de ginebra, que se ha terminado ahora. Las cosas que acaban de golpe no acaban del todo. Después de una botella siempre cabe un chupito. Después de escribir una servilleta, mi amor, llega un suspiro.

Y en el mejor momento, cuando piensas que el agua está tranquila, ahí llega, a tu isla particular. Flotando por el mar. Una botella de ginebra vacía con un mensaje en una servilleta rota dentro.

Mi Némesis.

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