De pequeño quería ser vampiro


¿Sabes qué? Hoy no he hablado con nadie. Igual contigo seas quien seas, si a esto se le puede llamar hablar, cuando solo escribe una persona, y la otra no está obligada a leer. Pero lo he elegido así. Tengo el WhatsApp con unas cuantas notificaciones y tres llamadas perdidas. Qué bonito es el silencio por la noche, pero qué precioso es cuando todo el mundo se calla durante el día. Lo máximo a lo que puedes aspirar es a que al vecino no le apetezca pegar martillazos contra la pared. Y aún así me parece pedirle a la vida demasiado.

De pequeño quería ser un vampiro, y estoy seguro de que lo voy a conseguir. De momento tengo las ojeras. Lo de la sangre lo dejamos para cuando se pueda mezclar con el alcohol. Los delirios de grandeza vienen solos, cuando no hay nadie más y tienes el control. Después de varios años entendí lo de llamarlos no-muertos. Solo alguien que está vivo tiene derecho a decirse así mismo que lo está. Pero es lo bueno de los vampiros y su ataúd, que no necesitan demostrar nada. Mientras tanto, todo el mundo quiere decirle al resto que está cuerdo. Quedarse despierto toda la noche tiene la ventaja de que puede volverte loco.

El día que tengamos la tranquilidad de poder quedarnos dormidos en pelotas mientras vemos porno. Ese día se podrá decir que estamos vivos.

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