El buenos días que nunca pedí


Llegué un día por la noche , que ni siquiera era sábado, cuando todo el mundo sale a beber unos cuantos Ron-Colas de fiesta. Era un jueves, como cualquier otro día. Me crucé con una chica, de pelo castaño delgada y con unos ojos un poco tristes, pero ella sonreía y parecía pasárselo bien.

Esa noche empezamos a hablar, me contó sobre ella. Le gustaba mucho hablar, y yo hacía como que escuchaba. La besé y la acompañé a su casa. A la mañana siguiente me envió un mensaje por WhatsApp. Empezamos a quedar y ella poco a poco siguió hablando y cada vez más, y yo seguí haciendo como que me importaba y cada vez, realmente me importaba menos. Ella me contaba lo que le había pasado en el trabajo. Que un camarero le había saludado. Que su café tenía mucha espuma, que su boli empezaba a quedarse sin tinta. Que a sus amigas les habían dejado los novios, que alguien se le había colado en la fila del supermercado. Ella me contaba día a día cada cosa que iba haciendo. Al principio lo ignoré pero al cabo de unas semanas me acabé hartando.

— ¿Y por tu ventana? ¿Qué es lo que ves por tu ventana? — Le pregunté.
— Edificios.
— ¿Edificios? ¿Solo ves edificios? ¿No ves el reflejo del sol en el cristal, ni escuchas cómo pían los pájaros? ¿Ni siquiera te importan las formas de las nubes?
— Pues supongo que todo eso está ahí, pero nunca me había fijado.
— Le das demasiado valor a las cosas que no lo tienen, y yo me temo que soy feliz con una botella de cerveza.

Después de esto me tumbé un rato en la cama y después me dirigí al baño. Me miré en el espejo y me conté las canas, que ya llegaban a las dos cifras. Por fin me pude ver como me veían los demás, sin luchar contra el tiempo. Yo le seguiré donde me lleve hasta que el número llegue hasta veinte, o hasta treinta. El espejo, el asesino de ilusiones muestra lo que no quieres oír de los demás, pero estampándotelo en la cara a los quince segundos. Por una vez, haciendo eco de mi reflejo, miré por la ventana, y ya daba igual que cantasen los pájaros, o que hubiese un arcoíris, o las macetas que hubiesen en los balcones… ahí estaban… edificios. Menudo susto me llevé aquel día, espero no verlos más, por lo menos hasta que me haga viejo… o me vuelva loco.

Mierda… Espero no quedarme sin cerveza hasta entonces.

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