Poción de invencibilidad


Volver a casa es lo peor. Yo lo interpreto como un golpe de realidad, un “podrías hacerlo mejor”. Los oídos gritan en forma de pitido. La mente necesita unos cuantos minutos sentada en la cama mirando al infinito. No hay forma de pedir ayuda más allá de un “¿Qué coño estoy haciendo con mi vida?”. Al día siguiente el cuerpo te castiga, no le gusta que duermas lo suficiente, y a veces te obliga a vomitar. Cuando no estás mirando te pega unos cuantos puñetazos en la cara y te levantas mareado. Te duele la cabeza, te arden los ojos y se forma la ilusión de que cualquier día debería ser el último. Alguien debería hacer que pare sin parar de beber para variar.

Yo de momento consigo que mi mente aguante el castigo y que al día siguiente me pregunte cuándo volveremos a salir. Pero hay gente que no es como yo, que su mente le dice: no volverás a salir más. Cada vez quedan menos y quién sabe cuándo uno de ellos seré yo. Lo peor de todo es el vacío. Se siente como si te hubieran arrancado el alma. Quizá un precio a pagar muy caro o que merece la pena. Me pregunto qué hace ella mientras está fuera. Se esconde para no aceptar la realidad o está negociando con La Muerte, qué más da. No todo el mundo vale para estar borracho.

Volver a casa es lo peor. No hay refugio que no sea una cárcel para el hombre. Ni santuario que dé alas para volar. Yo desde luego no sé a donde volver, pero no a casa. Igual debería empezar de no irme de los sitios, o tener un lugar donde poder estar. Porque si tengo que volver es que nunca me he ido, que seguramente he bebido, o que todo ha ido mal.

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